Galicia, país antiguo, cuenta con varios mojones que trazan su historia. En el año 977, el visir Abu Amir Muhammad, Almanzor, subió al norte y saqueó Compostela. En el 1065, Galicia se convirtió en un reino independiente, una aventura que acabó sólo seis años después. El siglo XV se sobresalta con las revueltas Irmandiñas, levantamiento anti señorial que muere en derrota en 1469. En el siglo XIX, la vieja Galicia sorprende con un guiño liberal y en 1820 se alza contra el rey felón Fernando VII. El siglo XX abunda en hitos: el primer estatuto de autonomía es antesala del golpe de Estado de Franco, que dejará un reguero de 3.500 gallegos muertos a golpe de consejos de guerra y paseos criminales. Aquella fue, además, la centuria del éxodo. En los primeros 75 años del siglo XX muchos de los mejores esquivan el hambre y buscan vida en el extranjero (en 1900, los gallegos suponíamos el 10,6% de la población española; en 1996, ya éramos sólo el 7%). Con la restauración de la democracia, la economía mejora, concluye la gran escapada y se recupera el autogobierno, con un nuevo Estatuto de Autonomía en 1980.
En el futuro, el segundo año del siglo XXI también será citado cuando se recapitule la andadura varias veces milenaria del país.
A finales del año 2002, Galicia sufrió la mayor catástrofe de su historia. A las dos y cuarto de la tarde del 13 de noviembre el Prestige, un petrolero monocasco de 26 años de edad y chapa parcheada, lanza un mayday a 50 kilómetros de Fisterra. Nadie sabía que sólo dos meses después de aquel S.O.S. se estaría hablando de un derrame de fuel de 26.000 toneladas, que ha contaminado 913 de los 1.121 kilómetros de costa de Galicia y que laminará el 10% de nuestro Producto Interior Bruto. La peste ha recorrido 1.300 kilómetros .Ha viajado desde un cementerio marino, a casi cuatro kilómetros de profundidad, hasta la lejana costa atlántica de Francia, que se vio obligada a cerrar sus parques de ostras el día de Reyes. Pero la tragedia tiene un reverso luminoso: ante el absentismo y la falta de reflejos del Estado, la sociedad civil gallega tomó el timón de su destino y desmintió una abulia y un individualismo que se temían endémicos. Los marineros y las mariscadoras de las Rías Baixas pararon el fuel con sus puños, en una epopeya que tuvo eco en todas las pantallas mediáticas del mundo global. Los ciudadanos exigieron en las calles dignidad y respuestas. Bajo un aguacero casi bíblico, el 1 de diciembre más de cien mil personas se empaparon en las rúas de Santiago para pedir un golpe de timón político. La queja se repitió el día 11, con otras cien mil personas en Vigo y 40.000 en Pontevedra.
Y mientras la UE despachaba a Galicia con una ayuda de 5 millones de euros, las empresas del país dieron un paso adelante y más de una superó por sí sola la magra aportación del coloso europeo. El 13-N supuso también un hito solidario. Sin que a nadie se le ocurriese llamarlas, millares de personas anónimas, conmovidas por la hecatombe ecológica, viajaron hasta el Finisterre para enfundarse el buzo blanco, sentir la náusea del petróleo y raspar la costa centímetro a centímetro. En Galicia, el siglo XXI empezó en el 2002 hubo olas de fuel; y mareas de dignidad.
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Olas de fuel y mareas de Dignidad |
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Primer Acto |
El 19 de noviembre el Atlántico se traga al Prestige. El naufragio se produce a 234 kilómetros de Fisterra, a la altura de las Cíes. La proa, la parte más dañada, cae a 3.800 metros de profundidad y la popa, a 3.500. Durante seis días el barco se ha paseado a lo largo de la costa occidental gallega, recorriendo 435 kilómetros. Desde el 16 de noviembre las playas de la Costa da Morte aparecen embadurnadas de fuel, sin que nadie se ocupe por ahora de limpiarlas. El mismo día del hundimiento, las embarcaciones de Portosín y Muxía intentan todavía faenar; largan los aparejos y cuando los izan emergen impregnados de chapapote.
Por ahora, el optimismo aún manda en las valoraciones oficiales. En su comparecencia diaria, Arsenio Fernández de Mesa (ferrolano de 47 años), delegado del Gobierno, augura que «el fuel del Prestige que se ha ido al fondo se solidificará, debido a las bajas temperaturas, y allí se quedará para siempre». Los observadores portugueses discrepan y mantienen desde el primer momento que el hidrocarburo está aflorando en el lugar donde se hundió el petrolero. El Nautile zanjará la polémica entre lusos y españoles. El submarino francés de vanguardia revelará que los restos del buque presentan 23 grietas y que están perdiendo unas 125 toneladas de fuel al día. En la jornada siguiente al hundimiento, 295 kilómetros de la costa gallega ya están contaminados y el chapapote mancha 90 playas y humedales. Las primeras fotografías por satélite han revelado además toda la magnitud del vertido con una elocuencia irrefutable. El mallorquín Jaume Matas, de 46 años, viaja entonces a Galicia. Siete días después de que comenzase la mayor catástrofe ecológica de la historia de España, el ministro de Medio Ambiente decide que ya es hora de acudir a interesarse por el
asunto. Matas justifica su ausencia: «Lo que nosotros hemos hecho es la labor que había que hacer, lejos de cualquier protagonismo». Y se suma a la consigna del optimismo: recuperar las playas de Galicia «llevará unos seis meses» y la inversión para reparar el daño será de 42 millones de euros (7.000 millones de pesetas). El 13 de diciembre, el Gobierno comunicará a la UE que la limpieza supondrá 200 millones de euros. A día de hoy, el último cálculo
del Ejecutivo español habla ya de mil millones de euros (166.000 millones de pesetas). Mientras Matas baja al arenal de Barrañán
(Arteixo) y toca el pringue con mano enguantada y rostro compungido, sólo 150 soldados y 110 peones se ocupan de recoger fuel en Galicia: 260 efectivos frente a una marea negra. Con más reflejos, la gran prensa internacional intuye en sus titulares la inmensa magnitud de la catástrofe. El Washington Post titula que «será peor que el Exxon Valdez». La revista alemana Der Spiegel
alerta de que «una bomba de relojería hace tictac en el fondo del mar».
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Con dinero en la mano |
Dos días después del hundimiento, Manuel Fraga decide personarse en la Costa da Morte. Su mutismo hasta ahora ha sido muy comentado. Fraga (vilalbés de 80 años) es un político afecto a patear el terreno. En el siniestro del Mar Egeo, diez años atrás, se plantó en los bajíos de la Torre de Hércules en las primeras horas. Yo vengo con dinero en la mano, con cosas concretas, y otros vienen a hablar, argumenta el presidente de la Xunta.
Contra pronóstico, algunos vecinos saludan las palabras de su reaparición con aplausos. El fuel mancha ya desde Ribeira a Cabo Prior y se prohíbe pescar en esa franja. El chapapote ha llegado a Ferrol y a las faldas batidas de la Torre de Hércules. La recogida es desordenada. La mayoría de los que trabajan en la costa son empleados municipales. Se producen los primeros ejemplos de desorganización, que serán una constante en las tres primeras semanas de la crisis. En Cee se agrupa el fuel en montículos, pero se queda en playa porque no hay medios para retirarlo. Por ahora, el papel del personal de la Xunta se reduce a perseguir pájaros petroleados y chequear las playas y acantilados desde vehículos todoterreno. La Delegación del Gobierno da una buena noticia y distribuye un comunicado de la Asociación Española de Ingenieros Navales, que vaticina que «el fuel se va a solidificar y el buque soportará la presión y la corrosión». Además, el riesgo de que las manchas alcancen las Rías Baixas es «bajo».
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Olas que rompen farolas |
El viernes 22 de noviembre el mar escupe fuel en el malecón de Muxía. Las olas negras, cebadas por el hidrocarburo,
cobran tal peso que son capaces de derribar los globos de las farolas del paseo de O Coído. Las imágenes apocalípticas de la
que acabará por llamarse la «zona cero» estimulan a las administraciones. Madrid sube 10 euros diarios las ayudas fijadas por la Xunta. La UE autoriza a España a redistribuir sus Fondos Estructurales para el sexenio 2000-2006.
Quinientas personas se ocupan ya de limpiar las playas. Pero los ediles parecen insatisfechos. Rafael Mouzo, alcalde nacionalista de Corcubión, convalece de un cáncer que él achaca a otra bomba náutica, el Casón. Pero ha desertado de su cama en un hospital de Barcelona para tratar de organizar a sus paisanos: «Isto é un auténtico desastre. Si se quixera facer peor non creo que se pudiera» En Porto do Son, el primer edil, el socialista Ramón Quintáns, cuantifica los medios que les ha facilitado la administración: «Unhas caixas para recoller paxaros». Juan López Uralde, el director ejecutivo de Greenpeace España, suelta una frase lapidaria: «El Estado ha abandonado Galicia». Andando los días, conspicuos políticos gallegos darán por bueno su diagnóstico.
Galicia ha sufrido siete de las once mayores catástrofes náuticas
de Europa en los últimos 30 años. Se calcula que en esas tres décadas 300.000 toneladas de fuel han empobrecido la costa gallega. Las lecciones de la historia no han calado. Cuatro días después del naufragio del Prestige, 400 kilómetros de litoral padecen la contaminación. El vicepresidente Mariano Rajoy (pontevedrés de 47 años) explica que no es una marea negra, porque «aunque afecta a una parte importante de la provincia de La Coruña, se trata de manchas muy localizadas».
Ese mismo 23 de noviembre, la oposición asegura que Manuel Fraga y los conselleiros Del Álamo (responsable de Medio Ambiente) y Cuíña han participado en una jornada de
caza en Aranjuez en el fin de semana del 16 y 17 de noviembre,
momento en que se produjo la primera marea negra, tres días después del mayday del petrolero. El presidente sale al paso de la acusación al día siguiente. Asegura que «esos comentarios me
producen risa» y explica que «el asunto es sencillamente una patraña». Posteriormente, admitirá que participó en la jornada cinegética, aunque alegará que «sólo estuve cuatro horas y me volví sin comer». Mientras se incuba la galerna política, en la costa no hay tregua. El fuel entra por tercera vez en Muxía. «É como lanzar unha pelota contra un muro, sempre volve», rosman los limpiadores. En Camelle, Man el anacoreta germano que vive en taparrabos en una chabola desde 1961, musita una frase premonitoria al ver arruinado su modesto parque escultórico: «Quiero morir. Esto es como la muerte».
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Segundo Acto |
A finales del mes de noviembre Galicia palpa el horror. La prohibición de pescar va desde Punta Falcoeiro, en Ribeira, a Punta Candelaria, en Cedeira, y afecta a 2.250 barcos de los 6.961 de Galicia. Ya se admite que el vertido puede ser de 20.000 toneladas (hoy se habla de 26.000) y que está compuesto por uno de los derivados más residuales y nocivos del petróleo: el fuel del barco de Bahamas estaba formado en un 40% por hidrocarburos aromáticos, los más peligrosos y cancerígenos. La Armada Española comienza
a patrullar por el corredor de Fisterra,
donde ahora petroleros desaprensivos limpian sus tanques a destajo. El jueves 29 de noviembre la gran mancha que se formó al quebrarse el buque
se sitúa a sólo 35 kilómetros de Fisterra. Poner distancia entre el cadáver del Prestige y la costa ha resultado un parche estéril, casi infantil. Y es que el fuel ha corrido de Oeste a Este a una media de 40 kilómetros por día. Galicia entra en estado de alerta. El Rey anuncia que el lunes viajará a la costa (un gesto de calado, porque el presidente del Gobierno aún no lo ha hecho) y se oye hablar por vez primera de una plataforma llamada Nunca Máis, que convoca una manifestación para el domingo en Santiago. Rajoy certifica que «el vertido en la zona del hundimiento es de combustible propio del buque». En Muxía se produce una marcha espontánea de 4.000 personas. En Bruselas advierten que la UE no liberará fondos adicionales por los daños del Prestige. El viernes 29 de noviembre comienza la segunda marea de fuel, la gran ola negra. «Veñen
tempos moi difíciles», acierta a anticipar López Veiga , el conselleiro de Pesca.
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Manifestación en Santiago |
El domingo 1 de diciembre Santiago alberga una de las mayores manifestaciones de la historia de Galicia. Jarrea y la multitud es tal que dos horas después de que la cabeza de la marcha alcance el Obradoiro, la cola aún está arrancando en la Alameda. Nacen gritos que harán fortuna: «O do bigote, que limpie o chapapote».
Las arterias del tráfico se colapsan, hasta el punto que Audasa hace una excepción e indulta el peaje a los automovilistas que siguen tratando de llegar a Santiago por la A-9. El escritor Manuel Rivas, convertido en rostro público de la plataforma Nunca Máis (que luego se dirá regida por el BNG) lee tres veces, con voz ahogada, enérgica y nerviosa, un manifiesto que reclama la declaración de zona catastrófica, un dispositivo de salvamento, un plan de emergencia, una legislación internacional «contra o capitalismo
delincuente» y la dimisión de las autoridades que «permitiron que o accidente tivera as peores consecuencias».
La marcha de Santiago parece ajena a la clase política al uso. Zapatero acude, pero es recibido con una lluvia de huevos. El PP se ha apartado.
A la misma hora de la riada humana, la Xunta celebra Consello Extraordinario (en domingo). Es una cumbre borrascosa. Los conselleiros de perfil político se enfrentan con tono bronco con los de cariz técnico. Pérez Varela, Cuiña, Miras y Diz Guedes piden que la Xunta tome el timón de la crisis. Orza, Pita y Palmou
descalifican su propuesta. Fraga guarda silencio, pero dos días después la Xunta pasa a coordinar la lucha contra la catástrofe.
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La Ria del Orgullo |
La Ría de Arousa es un paraje de una hermosura más propia de un parque temático que del mundo real: playas blancas, viñedos con oro rubio, el mar encajado entre el verdor. Pero la Ría de Arousa es además una gran empresa; en realidad, una de las más potentes de Galicia. Veintiocho mil vecinos viven del mar; hay 2.000 bateas y 5.000 bateeiros, 5.000 mariscadores, mil parques de almeja y berberecho, 13 lonjas, 29 plantas conserveras. Unas aguas benditas en fitoplactón le dan la vitola de ser la mayor ría marisquera del mundo.
La riqueza natural ha compactado a la sociedad. As xentes da ría saben trabajar en equipo, son una sociedad articulada. Y lo demostraron ante todo el planeta.
El 3 de diciembre queda en la historia de Galicia como el día de los héroes de Arousa. En la víspera, con la gran mancha llamando a las
puertas de Sálvora y Ons, la sociedad civil comenzó en silencio a tejer su estrategia. Se movilizaron 150 planeadoras
y 15 barcos mejilloneros Un taller de Cabo de Cruz fundió cien espumaderas gigantes, una pesadísima herramienta ideada por los bateeiros para cazar fuel. Y se estableció un plan: «a merda» se volcará en capachos, que serán llevados a tierra
por las planeadoras; los barcos mejilloneros harán de buques
nodriza y albergarán los contenedores.
El día arrancó torcido. A las once de la mañana, los barcos
mejilloneros que llegaron a Aguiño se encontraron con que la administración no había facilitado contenedores para vaciar la cosecha de fuel. Algunos tripulantes estuvieron dos horas parados, esperando a descargar mientras la gran mancha amenazaba su pan. Hombres recios lloraron. Tipos curtidos perdieron el control. Torres Colomer, alcalde de Ribeira, se pasó por Aguiño y recibió un latigazo con una ropa de agua empapada de fuel.
El mar estaba sucio y picado. Primero se emplearon trueles, piezas de plástico, espumaderas. Al final, las simples manos. No hubo mascarillas ni reservas. «Aquí estamos, metendo merda», cantapor la telefonía un patrón con coña marinera. Su razonamiento es impecable: «A pouco que collamos, menos chega a terra».
En el primer día de batalla, las gentes de la ría retiraron 1.500 toneladas de hidrocarburo. En el segundo, sólo en Aguiño llegaron a 3.000. En tres días, alcanzaron las 7.000 toneladas. Su ejemplo se expandió. Los marineros de Vigo y Pontevedra les imitaron, aunque se perdió la partida en la defensa del Parque Nacional de las Illas Atlánticas, totalmente arruinado. Los percebeiros del norte también anotaron la lección y se arrojaron sobre la salitre armados de palas. No fue sólo un gesto. La Ría de Arousa se salvó. El 11 de enero del 2003, los análisis confirmaron que su marisco es apto para el consumo.
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Tercer Acto |
El fin de semana del 6 de diciembre la marea blanca siguió a la ola negra. Galicia recibió a 10.000 voluntarios (equipar a cada uno cuesta unos 30 euros). Las llamadas solidarias colapsaron los teléfonos. Muxía se volvió cosmopolita (manos amigas japonesas, belgas, estadounidenses). El Ejército ocupó las playas.
El Nautile habló: su tercera inmersión demostró fotográficamente que el fuel fluía por varias grietas y tiró abajo la tesis de Rajoy, quien había explicado que allí en el fondo, a casi cuatro kilómetros de profundidad, sólo había «unos hilitos» en fase de «solidificación». Álvarez Cascos, el político que ordenó alejar el petrolero pasase lo que pasase, asume en Bruselas que «el Prestige es el Chernobil de España».El 12 de diciembre el chapapote continúa anegando A Lanzada, Carnota, la Ría de Pontevedra y la Costa da Morte. Fraga se quita de encima una discutida moción de censura. En una hora de discurso, sin autocrítica alguna, despacha las cuatro
horas de quejas de Pérez Touriño y Beiras, que le reclaman elecciones anticipadas. Sin embargo, el presidente está anímica y políticamente tocado. Al día siguiente de Navidad, apela en la sede del PP de Madrid a su condición de viejo fundador y pide «una discriminación positiva» a favor de Galicia que le permita «poder retirarme con dignidad». En la jornada de las mociones de censura, la empresa privada adelanta a los políticos: Inditex anuncia una donación de 6 millones de euros; Caixa Galicia, de 9 y la de Caixanova será de 12 millones. En Madrid se produce la única dimisión de un político por la catástrofe.
Es un oscuro diputado socialista en la Asamblea de Madrid. Se llama Antonio Carmona y un chascarrillo deplorable le cuesta el sillón: «El PSOE está sobrado de votos, pero si hace falta hundimos otro barco». Los socialistas volverán a empañar su labor crítica cuando se descubra que Caldera, portavoz parlamentario, manipuló un documento para fustigar a Rajoy. El viernes 13 hace honor a su leyenda de aciago. Ese día, la UE deja desnuda a Galicia. El presidente español naufraga en sus gestiones en la
Cumbre Europea de Copenhague y Bruselas sólo habilita para Galicia una partida extra de 5 millones de euros (el pasado verano, Alemania había recibido 414 millones de un fondo de solidaridad para paliar unas inundaciones). El Gobierno de Madrid calculó ante la UE que el coste de limpiar las playas sería de 200 millones. La UE asignó como ayuda especial el 2,5% de ese importe, de donde salen los 5 millones (menos que la aportación de Inditex o las cajas gallegas). Al final, el precio de regenerar la costa quintuplicó la cifra que Moncloa presentó ante Europa, por lo que la aportación de la UE pudo haber sido cinco veces mayor.
El domingo 15 de diciembre, Aznar tiene una cita en Washington con George Bush. Sería difícil explicar cómo es que el presidente acude antes a Estados Unidos que a Galicia. Así que el sábado 14, en víspera de volar a la Casa Blanca, acude a A Coruña. «Dije que vendría con los deberes hechos y aquí estoy». El presidente anuncia que desviará para Galicia 260 millones de euros (44.000 millones de pesetas) consignados para otros fines en los fondos europeos. El viaje relámpago dura tres horas. Aznar se atrinchera en la Torre de Vigilancia Marítima de A Coruña, con una manifestación a sus puertas. Francisco Vázquez, asumiendo ante la crisis un rol que imita el del alcalde neoyorquino Giuliani, arranca la promesa de un puerto exterior, una gran infraestructura de futuro. Aznar vuelve a Madrid. El Telediario subraya que de regreso «sobrevoló las Cíesy la zona del hundimiento». Dos días después aterriza el príncipe Felipe. Se baña de gente, come mejillones, escucha y deja un recado: «Que toda Galicia sepa que no está sola».
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Telón |
El 3 de enero, el primer ministro Jean Pierre Raffa-rin no puede comer en París. Viste catiuscas y anda por Cap Ferret. Y es que los restos disgregados de la gran mancha han alcanzado Francia tras restregar su cola un rastro fétido por la Costa da Morte y las playas de Ferrolterra, Asturias, Cantabria y el País Vasco.
El viento del sur y las corrientes dominantes han dado una tregua a las Rías Baixas, aunque capas de un metro de fuel sepultan los playones bravos de Carnota. Los voluntarios no olvidan Galicia: ocho mil apuran el Fin de Año aquí, con un menú de gambones a la plancha, puré de verdura, salmón, turrón y pituitarias despistadas por el fuel. El Prestige sigue perdiendo carga (aunque ahora, a decir de los técnicos, ha pasado de 125 a 80 toneladas al día).
El Parlamento de Galicia se ve incapaz de armar una Comisión de Investigación a fondo sobre el naufragio, porque el Gobierno central impide la presencia de sus testigos y le niega su documentación. El debate político se intenta desvíar a la plataforma Nunca Máis. El Gobierno y sus medios de comunicación afines la acusan de aprovecharse monetariamente de la ola solidaria y de ser una pantalla del Bloque.
Sin que se repare demasiado en ellos, los piratas que estaban tras el Prestige van camuflando su rastro. A efectos de reclamaciones, el único responsable nítido es el capitán Mangouras, pirata ecológico para unos, chivo expiatorio para otros. Crown Resources, la empresa propietaria de la carga (filial del conglomerado ruso
Alfa Group), cambia de nombre y de sede social para escabullirse. La dueña del barco es Mare Shipping Inc. y está registrada en Liberia, aunque se da por hecho su vinculación al trust de la familia griega Coulouthros (implicada en el Mar Egeo en 1992). Universe Maritime, que gestionaba el barco desde abril del 2001, echa también balones fuera desde Grecia.
Galicia inicia el 2003 con sensaciones contradictorias. Lo peor parece haber pasado, pero el fuel sigue llegando a paladas. El pecio se perfila como una bomba permanente desde el lecho oceánico. Galicia necesita 10.000 millones de euros para enganchar
el tren de la historia, pero las grandes inversiones aún son sólo barruntos y buenas palabras. Galicia vivió los primeros días de diciembre una de las semanas
más emocionantes y desesperanzadoras de su historia. Lo primero por la aparición de miles de héroes anónimos que, con su esfuerzo y tesón, salvaron las Rías Baixas de un oscuro e incierto futuro provocado por la marea negra del Prestige. Lo segundo porque durante esas jornadas desapareció el Estado para dar paso a un gobierno distinto: el del pueblo. Los marineros de Muros, Arousa, Pontevedra y Vigo se quedaron solos en su lucha contra las manchas de fuel. Pero se organizaron, apretaron los dientes y se
comieron el chapapote como si en ello les fuese la vida.
Aquel combate dio la vuelta al mundo y hoy, con el paso del tiempo, ha cobrado un valor incalculable. Fue una victoria épica, que salvó a 30.000 familias del ostracismo más absoluto.
Todo comenzó el 2 de diciembre este día, cuatro barcos mejilloneros de Aguiño trabajaron durante horas limpiando manchas de fuel frente a la isla de Sálvora. Aquellos vertidos no eran más que la avanzadilla de un gran frente que se situaba en ese momento entre Corrubedo y Touriñán y que se desplazaba con celeridad hacia el sur. La noticia sorprendió en los puertos de Arousa, toda vez que desde la Consellería de Pesca les habían asegurado que la marea negra no entraría en las Rías Baixas. El Instituto Hidrográfico portugués confirmó lo inevitable y, en ese momento, se puso en marcha una maquinaria que, a la postre, sería determinante.
Paradójicamente, las cofradías habían presentado días antes a la Administración un plan para combatir el fuel con embarcaciones de bateeiros y lanchas. La propuesta fue desestimada e incluso descalificada porque se consideraba poco eficaz. Pero los medios anticontaminación dispuestos por el Gobierno en la ría de Arousa eran escasos e insuficientes, por lo que mejilloneros, mariscadores y pescadores tomaron la decisión de hacer la guerra por su cuenta. Una guerra que aquel mismo día ya se disputaba en mar y tierra. En el agua, los barcos bateeiros, en tierra, el resto del sector, preparando planeadoras para salir al día siguiente a luchar contra las manchas e ingeniando utensilios para combatirlas como las espumaderas gigantes, que se fabricaron por decenas en un taller de Cabo de Cruz.
El día 3 diciembre la falta de medios se hizo sangrante. En el muelle de Aguiño, en Ribeira, medio centenar de embarcaciones de mejilloneros estuvieron atracadas durante cinco horas con contenedores llenos de chapapote a bordo. No había recipientes para descargar el veneno del Prestige y regresar al mar. «Non nos van deixar salvar o noso», sollozaba José Juan, un bateeiro de A Illa. Fue entonces cuando se vivieron los momentos de mayor tensión. En las cubiertas de los barcos se podía ver a gente llorando. Lloraban por lo suyo. Desesperados. Sin embargo, y a pesar de las carencias, el dispositivo organizado por mejilloneros y mariscadores estaba funcionando y la noticia se extendió como una plaga por toda la ría. Los barcos de los bateeiros con las plumas (palas gigantes) y las lanchas con todo aquello que sirviera para recoger fuel (espumaderas, trueles, capachos, hasta sus propias manos) habían hecho más en unas horas sobre las manchas que los barcos anticontaminación en varios días.
Las escenas que se vivieron en la bocana de la ría de Arousa fueron dantescas. La falta de aperos para recuperar el fuel convirtió las manos de los marineros en utensilios claves de la recogida. Muchos marineros acabaron intoxicados por la falta de mascarillas y fueron desembarcados por el aire en puertos como A Illa, O Grove o Aguiño para que las lanchas pudiesen regresar con rapidez al mar.
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El Dia D |
Y así se llegó al día D. El 4 de diciembre la lucha se extendió a las rías de Pontevedra y Vigo. A la misma hora a la que el vicepresidente del Gobierno, Mariano Rajoy, aseguraba que «no parece que manchas importantes hayan entrado en las Rías Baixas», más de 1.200 barcos y 7.000 personas trabajaban sin descanso para frenar el avance de la marea negra. En ese momento, la improvisación era ya historia.
. En sólo dos días, las asociaciones de bateeiros, las de armadores y las cofradías habían
puesto en marcha un dispositivo perfectamente engrasado que incluía a personal en los puertos dedicados exclusivamente a descargar los contenedores, así como turnos de entrada y salida
de los barcos. Este plan de ataque se vio acompañado por una movilización de la sociedad civil sin precedentes. Varios miles de personas más (pueblos enteros como O Grove o A Illa se volcaron en esta misión) colaboraron en tierra en todo lo que hiciera falta:
limpiar playas, tejer barreras artesanales, construir trueles o espumaderas gigantes, limpiar barcos y otros aperos, atender a los intoxicados, hacer bocadillos... Además de la gente del mar, centenares de empresas, personas de toda condición y profesionales de diversa índole (albañiles, médicos, panaderos...) se pusieron al servicio de un objetivo común: salvar las rías.
La actividad en el mar y en los puertos era febril. Sólo en Aguiño, los 200 barcos y lanchas que salieron a limpiar lograron recoger 3.000 toneladas de chapapote. En puertos como A Illa, O Grove o Cambados los contenedores se apilaban unos encima de otros y en Baiona o Cangas el trasiego de camiones cisterna fue incesante.
Al final del día, los muelles parecían campos de batalla, pero la esperanza se había adueñado de todos. La entrada de un frente de vientos del nordeste dio un respiro a las Rías Baixas que luego se convertiría en un soplo de vida. El mismo que recibió la sociedad gallega aquellos días. Los días en los que vio nacer a los héroes del 13-N.
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El hombre que murio de Pena |

Cuando Manfred Gnadinger, Man, empezó a pintar en su museo, hace más de tres décadas, dibujaba círculos negros y blancos.
Mucho negro y poco blanco. Entonces, como poco antes de su muerte, era un incomprendido, cuestión que le interesaba más bien poco. Ahora que está muerto, son cientos de personas las que se acercan a su obra para tratar de entenderle.
Man se fue el 28 de diciembre, envuelto su cuerpo en el taparrabos de siempre y en una manta de frío, y su parque temático, en el negro miserable del fuel. Todo no es sino es cuestión de formas. Falleció a los 66 años de edad, de pena, cuando destrozaron el trabajo de su vida», rezaba la esquela que uno de sus escasísimos amigos le dedicó en el diario. «Galicia y todo el pueblo gallego nunca te olvidarán». Para que sea así, el Concello y la Xunta podrían tomar medidas. Antonio Jesús Alonso Ballester, farero de toda la vida, es concejal de Cultura de Camariñas, planea constituir una fundación entre las administraciones, negociar con Costas el
destino de parte de la parcela en la que se asienta el recinto, erigir un monumento de bronce en medio del jardín de piedra y raíces, todo un canto al ecologismo en vena, ecologismo hard-core.
Pero antes quiere esperar a conocer los designios del anacoreta alemán, que cumpliría 67 años el 27 de este mes y que llegó a Camelle en mayo de 1961. Ahora todos miran por él, dice Juan Mouzo, otro vecino que lo trató, pero antes no hubo muchos que se preocuparan, incluso cuando enfermaba.
É que hai moita hipocresía, temos esa tendencia a a falar moi ben dunha persoa cando morre», explica Sole Vidal, cuasi-abogada, cantante aficionada que le dedicó en el funeral unos hermosímos cantos, de esos que harían llorar a las piedras. Sole cree que Man era una persona afable y difícil, que elevó el valor de Camelle.
El alemán, primera víctima del Prestige, murió de pena, disfrazada de insuficiencia respiratoria, huelga de hambre, depresión profunda o nula ingesta de medicación, como se prefiera. «Deixouse morrer», comenta Luis Sánchez, otro amigo que le proveía de materiales y con quien discutía sobre el arte pictórica.
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Marea Blanca |

Con la marea negra llegó a Galicia una marea blanca. Miles de voluntarios llenan las playas gallegas desde pocos días después del inicio de la tragedia. La mayor avalancha tuvo lugar durante el Puente de la Constitución. Esos días voluntarios llegados de los lugares más diversos sembraron solidaridad y mano de obra desde Baiona hasta Foz.
Hay que descorrer la cortina que tiñe el mar; hay que amasar la playa con las manos; hay que resucitar a la costa de su sepultura de plastilina. Con tales objetivos, veinte mil manos se metieron en la masa desde Baiona hasta Foz, en una lucha que no se paga con dinero. Llegan de todas partes en autobús, en coche, en moto, a dedo. La ropa de trabajo es un traje universal que le queda bien a todo el mundo; sólo hay que meterse dentro. Chinos, japoneses, rumanos, uruguayos, gaditanos, murcianos, madrileños, catalanes y mallorquines. Americanos de arriba, americanos de abajo, gente de mil acentos. Empaquetados y enmascarillados, se ven como astronautas de la reconquista.
En A Pedriña, en Muxía, las piedras sudan fuel interminable,pero el ánimo no decae. En Caión, treinta voluntarios de Madrid, de Barcelona, de Valladolid y de La Rioja limpian la playa principal. Se escuchan quejas: «Mientras treinta trabajamos en las rocas, trescientos nos observan desde el mirador». No nos mires, únete. En Malpica hay un voluntario japonés. En Ponteceso se ataca duro la playa de Niñóns. En Laxe, doscientas personas muy bien coordinadas, llegadas de Alcalá de Henares, friegan las playas de Mórdomo y Traba. Un técnico de Adega los orienta. Cruz Roja ayuda.
En Ferrol se arranca chapapote en Covas, Esmelle y A Frouxeira. Son 83 voluntarios y Tragsa está preparada para recibir a seiscientos. Sobra el material que va a faltar en otros lugares, como Noia.
En Barbanza, 1.500 contados. Llegan cuatrocientos de Vitoria que se traen todo el equipo, incluidos dos coches de bomberos del Ayuntamiento. En la ría de Vigo, otros 1.500, de los que 150 acudieron a salvar el parque de las Illas Cíes y el resto se repartieron por la costa, sobre todo en Baiona y Oia. Pero en esta última zona hubo descoordinación y a algunos voluntarios los mandaron para casa y les dijeron que los llamarían hoy. En la zona de Pontevedra hay una lista de más de 3.000 nombres preparados para ser llamados. Se reparten entre Sanxenxo, Bueu y Pontevedra, Marín y Poio. Para Ons, espacio natural altamente perjudicado, los coordinadores piden personal especializado en limpieza de rocas o que, al menos, estén familiarizados con los trabajos de marinero, ya que muchas labores se hacen desde el mar.
En A Mariña, el viento norte salpicó de pequeñas manchas numerosas playas de la comarca, entre Cervo y Ribadeo. Los empleados municipales sólo necesitaron la ayuda de los voluntarios en Foz.
Unos 1.200 voluntarios se agolpan en las playas de San Vicente do Mar, en O Grove, organizados en cuadrillas de diez. Tanto es su afán que, en el momento del relevo, los que limpian no quieren abandonar la tarea. La cofradía grovense, el sanatorio de A Lanzada y la batería militar de Con Negro ponen la comida. Por cierto, por la mañana hubo roces con los militares, que no querían dejar a los voluntarios bajar a la playa que les pertenece. Al final de la jornada, el descanso del guerrero sabe a callos, a mortadela y a pollo al ajillo. Cocina voluntaria en puertos, campamentos y en cualquier lugar donde se pueda colocar una tartera. El sueño reparador es azul colchoneta.
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Contradicciones del PP |
A principios de diciembre, pescadores, mejilloneros y mariscadores frenaron la entrada de la marea negra en las Rías Baixas con sus propias manos. Se vivieron esos días numerosos momentos de tensión con enfrentamientos entre las gentes del mar y los representantes políticos del PP. Los marineros acusaron reiteradamente a las administraciones española y autonómica de haberles dejado solos en la lucha contra el fuel, sin más ayuda que sus manos y sus aparejos de pesca.
El Gobierno asegura que un dispositivo perfectamente organizado ha evitado la entrada de fuel en las Rías Baixas. En una respuesta parlamentaria a una pregunta del BNG, el secretario de Estado de Relaciones con las Cortes, Jorge Fernández Díaz, afirma que los medios anticontaminación y de avistamiento de manchas dispuestos por el Gobierno, unidos a los convenios de colaboración firmados con algunas cofradías, han conseguido «que no se haya producido una entrada significativa de fuel» en las rías de Arousa, Pontevedra y Vigo.
En su respuesta, fechada el pasado 12 de febrero, Fernández Díaz no hace alusión alguna a los miles de pescadores, mejilloneros y mariscadores que, en los primeros días de diciembre, frenaron la marea negra hasta con sus propias manos, lo que les valió para ser bautizados como los héroes del 13 - N. Se limita a aludir a los mencionados convenios con las cofradías, unos acuerdos que se firmaron a posteriori, tras comprobar los extraordinarios resultados obtenidos por el sector.
Paradójicamente, el escrito contradice la versión ofrecida por el titular de la Xunta, Manuel Fraga, y el propio presidente del Gobierno, José María Aznar, quienes admitieron en su día que fueron los marineros los que salvaron las rías con su esfuerzo y tesón. El pasado 5 de diciembre (en plena lucha contra la marea negra), Fraga ofreció una rueda de prensa para pedir perdón por los errores cometidos en la gestión de la catástrofe y para agradecer a los marineros su labor.
