Dos días después del hundimiento, Manuel Fraga decide personarse en la Costa da Morte. Su mutismo hasta ahora ha sido muy comentado. Fraga (vilalbés de 80 años) es un político afecto a patear el terreno. En el siniestro del Mar Egeo, diez años atrás, se plantó en los bajíos de la Torre de Hércules en las primeras horas. Yo vengo con dinero en la mano, con cosas concretas, y otros vienen a hablar, argumenta el presidente de la Xunta.
Contra pronóstico, algunos vecinos saludan las palabras de su reaparición con aplausos. El fuel mancha ya desde Ribeira a Cabo Prior y se prohíbe pescar en esa franja. El chapapote ha llegado a Ferrol y a las faldas batidas de la Torre de Hércules. La recogida es desordenada. La mayoría de los que trabajan en la costa son empleados municipales. Se producen los primeros ejemplos de desorganización, que serán una constante en las tres primeras semanas de la crisis. En Cee se agrupa el fuel en montículos, pero se queda en playa porque no hay medios para retirarlo. Por ahora, el papel del personal de la Xunta se reduce a perseguir pájaros petroleados y chequear las playas y acantilados desde vehículos todoterreno. La Delegación del Gobierno da una buena noticia y distribuye un comunicado de la Asociación Española de Ingenieros Navales, que vaticina que «el fuel se va a solidificar y el buque soportará la presión y la corrosión». Además, el riesgo de que las manchas alcancen las Rías Baixas es «bajo».
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Con dinero en la mano |
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Olas que rompen farolas |
El viernes 22 de noviembre el mar escupe fuel en el malecón de Muxía. Las olas negras, cebadas por el hidrocarburo,
cobran tal peso que son capaces de derribar los globos de las farolas del paseo de O Coído. Las imágenes apocalípticas de la
que acabará por llamarse la «zona cero» estimulan a las administraciones. Madrid sube 10 euros diarios las ayudas fijadas por la Xunta. La UE autoriza a España a redistribuir sus Fondos Estructurales para el sexenio 2000-2006.
Quinientas personas se ocupan ya de limpiar las playas. Pero los ediles parecen insatisfechos. Rafael Mouzo, alcalde nacionalista de Corcubión, convalece de un cáncer que él achaca a otra bomba náutica, el Casón. Pero ha desertado de su cama en un hospital de Barcelona para tratar de organizar a sus paisanos: «Isto é un auténtico desastre. Si se quixera facer peor non creo que se pudiera» En Porto do Son, el primer edil, el socialista Ramón Quintáns, cuantifica los medios que les ha facilitado la administración: «Unhas caixas para recoller paxaros». Juan López Uralde, el director ejecutivo de Greenpeace España, suelta una frase lapidaria: «El Estado ha abandonado Galicia». Andando los días, conspicuos políticos gallegos darán por bueno su diagnóstico.
Galicia ha sufrido siete de las once mayores catástrofes náuticas
de Europa en los últimos 30 años. Se calcula que en esas tres décadas 300.000 toneladas de fuel han empobrecido la costa gallega. Las lecciones de la historia no han calado. Cuatro días después del naufragio del Prestige, 400 kilómetros de litoral padecen la contaminación. El vicepresidente Mariano Rajoy (pontevedrés de 47 años) explica que no es una marea negra, porque «aunque afecta a una parte importante de la provincia de La Coruña, se trata de manchas muy localizadas».
Ese mismo 23 de noviembre, la oposición asegura que Manuel Fraga y los conselleiros Del Álamo (responsable de Medio Ambiente) y Cuíña han participado en una jornada de
caza en Aranjuez en el fin de semana del 16 y 17 de noviembre,
momento en que se produjo la primera marea negra, tres días después del mayday del petrolero. El presidente sale al paso de la acusación al día siguiente. Asegura que «esos comentarios me
producen risa» y explica que «el asunto es sencillamente una patraña». Posteriormente, admitirá que participó en la jornada cinegética, aunque alegará que «sólo estuve cuatro horas y me volví sin comer». Mientras se incuba la galerna política, en la costa no hay tregua. El fuel entra por tercera vez en Muxía. «É como lanzar unha pelota contra un muro, sempre volve», rosman los limpiadores. En Camelle, Man el anacoreta germano que vive en taparrabos en una chabola desde 1961, musita una frase premonitoria al ver arruinado su modesto parque escultórico: «Quiero morir. Esto es como la muerte».
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Segundo Acto |
A finales del mes de noviembre Galicia palpa el horror. La prohibición de pescar va desde Punta Falcoeiro, en Ribeira, a Punta Candelaria, en Cedeira, y afecta a 2.250 barcos de los 6.961 de Galicia. Ya se admite que el vertido puede ser de 20.000 toneladas (hoy se habla de 26.000) y que está compuesto por uno de los derivados más residuales y nocivos del petróleo: el fuel del barco de Bahamas estaba formado en un 40% por hidrocarburos aromáticos, los más peligrosos y cancerígenos. La Armada Española comienza
a patrullar por el corredor de Fisterra,
donde ahora petroleros desaprensivos limpian sus tanques a destajo. El jueves 29 de noviembre la gran mancha que se formó al quebrarse el buque
se sitúa a sólo 35 kilómetros de Fisterra. Poner distancia entre el cadáver del Prestige y la costa ha resultado un parche estéril, casi infantil. Y es que el fuel ha corrido de Oeste a Este a una media de 40 kilómetros por día. Galicia entra en estado de alerta. El Rey anuncia que el lunes viajará a la costa (un gesto de calado, porque el presidente del Gobierno aún no lo ha hecho) y se oye hablar por vez primera de una plataforma llamada Nunca Máis, que convoca una manifestación para el domingo en Santiago. Rajoy certifica que «el vertido en la zona del hundimiento es de combustible propio del buque». En Muxía se produce una marcha espontánea de 4.000 personas. En Bruselas advierten que la UE no liberará fondos adicionales por los daños del Prestige. El viernes 29 de noviembre comienza la segunda marea de fuel, la gran ola negra. «Veñen
tempos moi difíciles», acierta a anticipar López Veiga , el conselleiro de Pesca.
